Mentes sin amarras es un blog que nace de la búsqueda de la creatividad y del deseo de no dejar perder aquellas ideas que tocan de vez en cuando la mente y se van debido a la falta de un lugar para quedarse. Mentes sin amarras es el lugar para cualquier idea, pensamiento o escrito que ronde por ahí en las mentes de los autores.

viernes, 21 de octubre de 2011

nadie es lo que aparenta

EL:

Comencé a hablar con ella hace unos dos meses y siento que cada vez que hablamos, aunque solo sea por medio de mensajes estoy mas seguro de que he encontrado en ella a alguien que me comprende y yo la comprendo a ella. Pero como en esta vida no hay nada perfecto… el único problema es que ella vive en otra ciudad. De lo contrario ya la hubiera invitado a salir desde el mismo instante en que la conocí.

Puedo decir con seguridad que ella es diferente al resto de putas que se andan vendiendo por internet calentando al primer aparecido en busca de una simple aventura.

¿Tienes hermanos?. – me dijo…no, me escribió ella un día mientras chateábamos

–si, una hermana menor, se llama Cameron. ¿y tu?

-no, soy hija única, pero me gustaría tener un hermano menor.

-créeme que si fuera como mi hermana preferirías ser hija única, ella simplemente me hace la vida imposible, no me hace caso, me hace enojar mucho, me lleva la contraria…no te imaginas. Me dice que soy un egoísta, envidioso e inútil. No se da cuenta que es ella la que nunca hace nada y quiere que yo haga todo.

- hay no, que mal, ojala tu hermana supiera valorar el gran hermano que tiene a su lado.

- si, trato de hacer todo lo posible para que ella me valore y me respete, pero con ella es imposible. Ahora tengo que ir a hacer algo de oficio. Espero volver a hablar pronto contigo, chao.

- que juicioso, claro que si, estaremos hablando, chao

ELLA:

- hay no, que mal, ojala tu hermana supiera valorar el gran hermano que tiene a su lado. (jajaja, no puedo creer que aun no sospeche de esta farsa. Sigue creyendo que soy la señorita perfecta)

- si, trato de hacer todo lo posible para que ella me valore y me respete, pero con ella es imposible. Ahora tengo que ir a hacer algo de oficio. Espero volver a hablar pronto contigo.

- que juicioso, claro que si, estaremos hablando, chao. (Maldito imbécil)

¡Cameron, va ya mismo a lavar la loza sucia!!! Escucho a mi hermano gritar desde el cuarto de al lado.

viernes, 14 de octubre de 2011

Luna


La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a 
quién  tocar.  Tenía  boca,  pero  no  tenía  con  quién  hablar.  La  vida  era  una,  y 
siendo una era ninguna. 
Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al 
medio, y la vida fue dos. 
Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también. 


De deseo somos -Eduardo Galeano - Espejos.









No sé si es por mi forma semiesferica, pero mi vida siempre ha sido dar vueltas, seguir a este gordo planeta llamado tierra, lo bueno de todo esto es que desde el principio conozco mi función y mi destino, algo menos por lo cual preocuparme. Pero no por esto puedo decir que soy aburrida nada más lejos de la realidad que esto, en las noches inspiro a los amantes y a los locos, cuando estoy molesta provoco mareas y tengo mi lado oscuro la maldita Lilit el lado que nadie ve, el lado que inspira sangre, es la preferida de los satánicos, pero no os preocupéis ¿No somos todos en el universo un poco perversos?  O sino, prueba acercarte al sol, !Tan lindo que es! ¿No? Ilumina buenos y malos, pero también los puede cocinar si le dan tiempo ja.

Y si bien ahora estoy dándole vueltas al azulejo lleno de vida, y mi destino es más o menos predecible,(Espero que no llegue otro asteroidito, ya ando lo más de crateriada y mi fabulosa cutis ya se ve a lo lejos agrietada,  no todos gozamos de capas protectoras ¿Qué le vamos a hacer?), hay algo que no he dicho aún: no siempre fue así, hubo una época en la que yo era parte del planeta, era uno con él, y llegó un asteroide y golpeo tan duro que salí espavorida, fue como salir de una costilla y entonces al tomar esta feminidad, me dí cuenta de lo grandioso que era el planeta tierra and I fall in love for the earth... era lo más lindo que había en el universo, y él cuando me vio tan femenina, tan care perla, no pudo evitar sonreír, por ya no estar solo.

Sin embargo, yo había salido disparada cual canica en busca del hoyo mientras los niños ríen, parecía un cuento corto de amor, pero él alargo sus brazos invisibles y me mantuvo cerca y desde entonces danzamos juntos al rededor del sol, al rededor de otras galaxias, y miramos el infinito cargado de estrellas, cargado de colores, de efectos, de sueños.

Entenderéis entonces porque a vosotros os gusta regalar la luna cuando andáis enamorados.

Tavo.

la luna que queria ser nube.


A menudo cuando despierto, ¿o que creían?, yo también duermo, abro mis ojos y me confundo, no se si estoy mirando las estrellas lejanas o las pequeñas luces de la tierra.

Podría decir que mi vida no es más que una larga y aburrida espera. Esperar que la tierra gire hasta que yo observo ese diminuto punto lejano, es la torre de Tokio que me indica que ha llegado la hora de dormir cuando se posa justo frente a mi, y luego… cerrar los ojos hasta que las grandes luces de Las Vegas me hacen despertar nuevamente.

Al estar lejos de todas las cosas carezco de amigos, o tal vez es que ni siquiera los tengo, pero la verdad eso es lo que menos me importa. De vez en cuando las nubes pasan cerca de mí, y si no van de afán se quedan un rato a mi lado y me cuentan sobre la vida en la tierra. “Los humanos se divierten buscando que forma tenemos. Una vez me dijeron que parecía un elefante con alas” dijo una pequeña nube mientras pasaba frente a mi. Vaya, tengo algo en común con los humanos, yo hago lo mismo, pero con las estrellas. Me gusta ver que formas puedo encontrar uniendo con hilos imaginarios las estrellas del firmamento. Puedo pasar horas haciendo lo mismo, y me sorprendo a mi misma de las figuras que encuentro. Algunas nubes al verme tan concentrado mirado el infinito me preguntan que hago, y yo les digo: busco constelaciones. -¿constelaciones? ¿Qué cosas son esas?. –así es como le llamo a los dibujos que hago uniendo las estrellas del firmamento. Tiempo después me enteré de que ellas le habían contado a los humanos sobre mi pasatiempo y habían comenzado a hacer lo mismo.

Sin embargo, deberán saber ustedes que no todo es tranquilidad aquí arriba. Algunas veces se me acercan unas grandes nubes oscuras, se que vienen hacia mi porque veo desaparecer las luces de la tierra, una a una se van extinguiendo, como si un gran monstruo las fuera devorando lentamente. Comienzo a temblar, porque se que ese monstruo viene por mi. Me rodean y cubren cuanta luz puede llegar a mi, y así, poco a poco, me apago. Y cuando mi luz se extingue, satisfechas por haberme despojado de mi belleza se alejan riendo. Una vez, llorando le pregunté a una amigable nubecilla “¿por que crees que me hacen esto?, mi brillo es lo único que tengo, y sin embargo ellas me lo quieren quitar”. Ella me dijo que esas oscuras nubes envidiaban mi belleza, y por eso me molestaban. Así que ellas me tienen envidia?...pero si soy yo la que le tiene envidia a ellas!!! ¿Acaso no saben el privilegio que tienen de poder andar por el cielo tranquilamente, dejándose llevar por las cálidas corrientes de aire a cualquier parte del mundo?. Soy luna, pero que no daría por ser nube, una nube amigable, claro está. Buscaría siempre la forma de estar lo mas cerca posible de la tierra para aprender mas de los humanos, y dejaría esta oscura noche para buscar el cálido abrigo del sol.

Así paso día tras día, o más bien, esta infinita noche que lo único que espero, -porque es lo único que hago, esperar- es que termine. Ya no recuerdo ni siquiera la última vez que fue realmente de día para mí. Solo recuerdo el calor del sol en mi rostro durante aquel eclipse, y como todos los humanos me observaban sonrientes desde la tierra.

Veo como se asoma lentamente la torre de Tokio por un costado de la tierra. Nuevamente es hora de dormir… Ah, que no daría por ser nube!!!

jueves, 13 de octubre de 2011

La luna está... hasta la luna.





Tengo que confesarlo: Padezco una grave actitud voyerista.

Ayer me di a la tarea de fisgonear la vida de unos cuantos humanos, pero no tuve suerte, amaneció nublado, es que para mi amanece cuando para los demás anochece. Hoy espero tener un poco más de suerte.

He madrugado, son las cinco de la tarde y despunto en el firmamento, cuando estoy gorda – que no es hoy- me despierto más tarde, un día de esos me desperté a las 6.30 pm y los pocos gatos –que son mi compañía de turno- me dijeron: “Ey luna, ¿qué os pasa?, venga si estás despertando tarde” son dos angora españoles que se han traído de Málaga. La dueña de estos simpáticos gatos es una colombiana que creyó firmemente en que en España estaba su prometedor futuro, pero no fue así, terminó devolviéndose tras tres años de estar lavando baños y se trajo consigo dos gatos angora que nunca pudieron perder el acento.

Muchos piensan que la que alumbra aquí, allí y allá es la misma, pero no tienen ni la más mínima idea de que somos millones, cada vez que vuelvo cada noche, me convierto en millones.

Es un día interesante, completamente despejado y yo soy una espectadora neutral, a la espera de lo que salga, a la espera de acción, de sufrimiento, de tragedia, de ironía, de humor y de mucha realidad.

Imagínese esto: la calle 49 con 50 de una ciudad cualquiera, chiquita, no es muy grande, ni siquiera tiene metro. Imagínese un grupo de personas, reunidas al son de una ceremonia/ritual a la intemperie. Yo no entiendo mucho de lo que allí practican porque yo y los de mi especie morimos cada 1000 millones de años y no tenemos tradiciones de este tipo, o sino pregúntese: ¿cómo sería un cementerio para lunas?, ¿estaría localizado en la galaxia de Andrómeda?, ¿dónde se enterrarían las estrellas?, ¿quién daría la misa?, ¿el sol vendría al velorio?

Al otro lado, figúrese en una ciudad colindante un grupo de personas que protestan por la paz, protestan por conciencia, intelecto, protestan por igualdad, por ganas de ser grandes. Al otro lado de la ciudad unos disparan flores mientras les responden con gases lacrimógenos.

Figúrese que ÉL ha salido del trabajo, ha tomado el bus metropolitano  de vuelta a casa, tiene carro pero no lo usa, quizás más por tener contacto con las demás personas que por economía, de pronto es que se siente demasiado solo, cuarenta minutos lo separan de su lugar de destino.

Visualice la hora pactada, 7.30 p.m, se abre el telón y el espectáculo comienza, ha sido un éxito en la critica internacional, presentado en las más importantes ciudades del mundo: Berlín, Nueva York, Tokio, Paris, Londres, Toronto y por primera vez en una ciudad hispanoparlante: “adaptabilidad al cambio”. Los espectadores son personas de la alta alcurnia, para mi suerte y la de ustedes es en el gran teatro kodak al aire libre en la periferia de la ciudad y les estaré informando.

Piense en el grupo de personas muy triste, algunos lloran –llorar es cuando derraman gotas de sus ojos por algo que les compunge el alma- algunos se niegan a creer en lo que está pasando, algunos están ensimismados y a la final, me doy cuenta de que cada uno tiene su propia y muy peculiar manera de lidiar con el sufrimiento. Algunos tienen los ojos llorosos y se les escucha la voz de alguien que ha llorado -y efectivamente han llorado-. Otros, suenan de la misma forma pero sus razones son distintas; están agripados. Las voces y los ojos llorosos de los que lloran se confunden con las de los que no lloran, y a la final, todos piensan que todos están llorando, y hasta los agripados que antes no lloraban, rompen en llanto junto con los que lloran.

Se lucha por igualdad, se lucha por derechos, se lucha porque un pueblo es más que un dirigente y no al contrario. Se estudia por salir de la oscuridad, se estudia para no ser policía nacional, se estudia para demostrar que si se es pobre no se está condenado a serlo para toda la vida, porque se cree en la firme convicción de que la pobreza más que falta de dinero, es una condición mental.

ÉL Se ha bajado del bus, está hablando con su amor: un perro, un elefante, un humano o un travesti, lo abordan dos personajes que le proponen un trato: “su integridad a cambio de dinero”, ÉL le cuelga a su amor que puede ser cualquier cosa, su amor, el travesti, al otro lado replica: “¡no cuelgues que te van a atracar!”, él no lo escucha, a él lo roban.

La gente está expectante, el teatro rebosante, la multitud irrumpe en aplausos porque creen haber asistido al evento de sus vidas, y efectivamente así será para algunos pocos, para otros pocos habrá sido una perdida de tiempo y para el resto que no habrán entendido –que entre ellos están muchos de los que lo habrán considerado perdida de tiempo- será un evento más en la suma de evento a los cuales habrán asistido a lo largo de sus vidas. Pero siempre habrá uno al cual el evento le tocará de tal manera que transformará su vida, le abrirá ventanas desconocidas que le permitirán ver horizontes que antes no le eran concebibles.

Termina un ritual y comienza otro, se escuchan rumores, se escuchan pensamientos y no pueden terminar de entender como un cuerpo que siempre estuvo tan lleno de vida ahora yace inerte y  frío, y en la total ausencia, porque nadie sabe que pasa cuando uno se muere – ni siquiera nosotros los satélites-. Sirio me ha dicho que más que un ritual es una preparación, porque el entierro y las novenas son para los vivos y no para el que ha muerto.

Finalmente los que luchan con flores y fragmentos de poesía de los poetas malditos se dan cuenta que no pueden combatir contra los que lanzan gases lacrimógenos. Deben decidirse si volverse a la ignorancia o perder la guerra con la frente en alto sin renunciar a sus ideales utópicos. Una de las pancartas de estos mártires-tira-flores reza: “sueño con un mundo donde obtener títulos universitarios sea tan obligatorio como sacar libreta militar”.

ÉL se culpa por no haber reaccionado de alguna manera, incluso se maldice, se pregunta para sí mismo: “¿Cómo pude ser tan gallina?”, y se culpa y no se da cuenta que a la mayoría de las personas se les dificulta pensar mucho bajo momentos de tanto estrés. Los ladrones han cumplido con el trato; le han dejado su integridad y se han llevado su dinero, y el piensa: “¡qué va!, es solo dinero” pero la verdad se lo dice para no sentirse tan mal, se lo dice en fin, para no sentirse tan gallina.

El show es un tanto performance, un tanto monólogo y otro montón de cosas que nadie entiende y del que todos hablan. Un hombre sentado en una silla vieja comienza a reírse, y ríe de manera estruendosa, a carcajadas, cuando termina con el aire en sus pulmones, toma una nueva bocanada y continúa riendo. La gente no entiende nada y hay que ser verdaderamente idiota o un verdadero genio para comprender lo que allí pasa. Cuando termina de reír de esa manera extravagante, a punto de rayar con lo vulgar, la risa se convierte en llanto, un llanto que aunque fingido, es triste y sobrecogedor. Si antes la gente no comprendía nada, ahora entienden mucho menos. Llora largamente, y entre los espectadores se miran desconcertados. Tras llorar tendidamente el show termina y el público una vez más estalla en un aplauso, la gente que no entiende aplaude para no sentirse menos y el aplauso resuena por todo el recinto y se escucha por fuera del mismo.

La crítica una vez más elogia el tan emocionante evento y dicen, que como nunca, ha sido la mejor de todas las presentaciones, el administrador, generalmente el diablo, invita al performista a firmar un contrato de por vida, nadie puede explicar lo que acaban de ver, y mucho menos entienden hasta qué punto es arte y hasta qué punto es parte de esa cultura esnob que lo permea todo.
A la final esto es este mundo, algo loco, algo impredecible, un millón de buenas historias esperando ser contadas, no tomo partido, simplemente me divierto, me divierto mientras lo escucho todo, mientras lo veo todo, porque a mí, también me suceden la mismas cosas que a estos humanos, cada tanto se me mueren amigos, me pongo en desacuerdo, una estrella fugaz me asalta y voy al teatro.

Miravisión ha terminado sus labores por el día de hoy. Agradecemos su compañía. Les habló La Luna. Fin de la emisión.
Los invito muy sinceramente a no quedarse.


viernes, 7 de octubre de 2011

Choco





Me llaman Choco –diminutivo de Chocolate- desde que recuerdo.

No sé si soy un perro que le gustan los chocolates o un chocolate con cara de perro.

Me desperté a las tres de la mañana, o bueno, podrían haber sido perfectamente las cuatro - para ser sincero nunca pude aprender la hora-. Cada vez que intentaban explicarme me volvía presa de un sueño inexplicable, me enojaba y lo único que me venía en gana era morder con estos dientes licántropos a quien intentaba explicarme, en el fondo yo sabía que el problema no era del que me explicaba, el problema era exclusivamente mío. Sí; soy un chocolate con cara de perro al que no le interesó, ni le interesará nunca, aprender la hora-.

Bueno, el caso es que había pasado la noche anterior en vela debido a tanta emoción; la familia había estado planeando esas tan merecidas vacaciones y chocolate –osea yo- por fin iba a conocer lo que tantas veces había visto en la televisión: el mar. Quería viajar ligero y por tal motivo decidí que solo iba a llevar unas gafas oscuras y un hueso de carnaza, algo que Travis me había obsequiado hacía como una semana, del que ya no queda mucho, porque pasa que es mi instinto y tengo que estar mordiendo algo todo el tiempo. Me lo dieron como consecuencia a mis actos desmedidos de chocolate canino, había estado mordiendo las patas de los muebles de la sala y las patas de las sillas del comedor –ummm- pienso en patas y se me hace agua la boca, como me encantan esas patas de madera, pero en general, me encanta todo lo que encuentre masticable y pocas cosas se resisten a ser masticadas.

El recuento va así: llegué a la casa cuando tenía como tres meses, de una camada de seis chocolates, aunque yo fui el único que hizo honor a su nombre, porque el resto eran como chocolates blancos y otros eran como chocolates demasiado negritos – dicen las malas lenguas, que los dejaron en el horno mucho tiempo-, digamos que yo era más color nacional de chocolates. Yo era el más feito de la camada y modestia aparte, pasó conmigo lo que pasó con la historia del patito feo, aunque al final no me convertí en cisne sino en un chocolate: bonito, gordito y fuertecito. Siempre que paso delante de un grupo de personas que gustan de los chocolates, es imposible que pase desapercibido, y no es que sea creído sino que el que es chimbita es chimbita.

Me convertí rápidamente en un integrante más de la familia y veía cosas que ni siquiera entre ellos sabían, conmigo podían contar siempre con un voto de confianza porque yo era una tumba sellada y lo que allí pasaba, allí se quedaba. De la televisión aprendí que: "what happens in Las Vegas, stay in Las Vegas", y ese se convirtió en mi lema una vez lo memoricé de ese programa de E! Ententainment. Una vez vi como Travis se montaba al techo y salía disparado volando por los aires en una escoba, y yo decía: “mierda, ¿Travis-bruja?, ese Travis es cosa seria”

Tengo veintinueve años, o veintiuno, no sé… siempre se me ha complicado esto de los números. La cosa es que ya soy mayor de edad y no puedo, y tampoco me dejan tomar ni una sola cerveza, desde esas vacaciones en que estuvo el tío me emborrachó a punta de Budweiser. Ese día me di cuenta de que si la decisión estuviera en mis caninas y chocolatudas patas sería un chocolate-alcohólico empedernido(chocolAlcohólico), o bueno no necesariamente un alcohólico; al tío Joseph le escuché decir que los alcohólicos eran los que iban a reuniones, y yo no iría, entonces no lo sería, sería más bien un chocorracho (un chocolate- borracho).

Momentos más, momentos menos, llegamos al día de hoy, el más esperado del año, el que sin duda será uno de los mejores recuerdos. Los he escuchado planeando estas vacaciones familiares desde hace meses y bueno no puedo negar que me pone feliz como una lombriz-de-chocolate-feliz.

Ya todos se han despertado, han puesto manos a la obra, han empacado todo y la hora de partida es a las cinco de la mañana, no entiendo mucho de la hora, pero le escuché decir a mamá que faltan solo unos minutos.
Es momento de salir, hacen conteo de cabezas, estamos todos completos, somos todos los que estamos y estamos todos los que somos, y Travis comienza a mimarme, a consentirme, yo estoy tan extasiado que ni le presto atención a lo que me dice, ya lo único que quiero es montarme en un carro y salir de vacaciones, traigo mis gafas oscuras puestas y mi... ¿hueso?, ¿dónde esta mi hueso? Y salgo a la máxima velocidad hacia mi casa en el patio trasero porque allí me lo he olvidado, dando saltos lo mas grandes que puedo, y en cuestión de segundos estoy allí, en mi casa, recogiendo mi hueso de carnaza y escucho como la puerta se cierra, y me desespero y corro a ver que ha pasado y yo no puedo creer lo que mis ojos verdes-chocolate me muestran, han cerrado la puerta y se han olvidado de mí, de su chocolate preferido, ¿cómo puede ser posible?, pienso que debe ser la emoción, que en cualquier momento se darán cuenta que me olvidaron en casa y regresarán corriendo en mi búsqueda, ¿o sería que Travis se estaba despidiendo y por culpa de mi remarcable entusiasmo no presté atención a las palabras que pronunciaba? ¡No!, Es imposible, si yo soy parte de esta familia.

Han pasado tres horas y sigo aquí echado junto a la puerta que da a la calle, con mi hueso de carnaza y mis gafas oscuras puestas: ESPERANDO QUE REGRESEN POR EL CHOCOLATE OLVIDADO. Suena el timbre, ladro como puedo preguntando quién es.

lunes, 12 de septiembre de 2011

En los pelos del choco

Bueno, acá está la propuesta prometida, la semana empieza el 13 de septiembre y va hasta... pues no hay limites, en ella debemos a lo menos meternos una vez en la piel de perro y plasmar eso acá.

Bueno a dejar correr las ideas a ver que sale.

Un saludo.

Tavo-

domingo, 4 de septiembre de 2011

Pensamiento de puta




 Peeeepeeee peeeepeeee (Celular timbrando)  ♪ ¿Por qué te demoras? Se que quieres,Se te nota... ae ae ae ♫ (Otro fabuloso backtone)
-Alo 
si hola, mira he salido contigo y quiero volver a salir con vos.
- ¿Con quién habló? - (Eso no tiene relevancia alguna, si hay dinero).
La ultima vez que salimos fue en son de amigos, sin embargo, no sé si te lo hice saber, pero hoy quiero tener sexo contigo, alguien me dijo que cobrabas.
- No, eso era hace tiempo, ahora no.
Okay entonces, fue un mal entendido, una equivocación.
- Pero podríamos salir si quieres.
Quiero.
- No entiendo porque te dijeron eso.
Quien me dijo tiene mejor percepción de ello que yo, por tanto le creí.
- Bueno y cuanto me das? (ja)
***** Negocio*******
(Será bien, nos conocemos, así que se parecerá a hacer el amor pero pagando.)
- Tal hora
Okay.
En el encuentro: (Cerebro primitivo: Nooooooooooooooooooo!!!, acaba de llegar de una corrida y no se dignó a bañarse).
- Y qué más, qué cuentas? (ja)
Trabajo, juego....
- Y qué más, qué cuentas? (ja)
Pues que te encuentras con un tipo muy silencioso, a veces los silencios pueden decir más cosas que las palabras (Por ejemplo este dice: maldita nariz desarrollada).
- Y por qué tan callado? (Porque estoy tratando de hallar la manera de que mi cerebro de serpiente no me recuerde que acabas de acostarte con otro,porque no tuviste la genileza de bañarte para mi, le toco baño mija).
Yo soy así.
Ven tomemos una cerveza por acá.
- ¿Dónde? (¿Querrás decir Rápido? Y ahora con el método vagina sin lavar, parece que has ganado algo de tiempo, que se convertirá en oro, vaya el negocio,  ¡ Funciona!)
Caminemos, me gusta caminar, ¿Qué opinas de este lugar?.
- No en ese no, mejor aquel de allá. (Es decir, tu pones las reglas)
Más adelante, por favor.
- No! Acá!. (ummm)
Sí tu vas a invitar elige el lugar, pero mientras sea yo quien pague elijo yo. ****Con una severa cara de inconformidad.


Me encanta un lugar a dos bloques de acá.
- No me gusta caminar. (Pichar tal vez, pero al paso que va voy a terminar pagando por una mal oliente vaca muerta).
A la vuelta venden cocktails, se que te gustarán.
- Acá, no andemos más!. (Pero...).
Listo.
+ ¿Qué les gustaría tomar?
- Me das un cocktail.
Nena acá no venden cocktails no esperaste a llegar, a mi me das una Cerveza.
- Michelada ;).
♪ ... hacer el amor con ropa  ♫ (Un buen reggaeton para recordarme de la verdadera razón de estar acá, pero hubieras pensado en que aromatizarse hace del servicio algo especial)
- Estás más gordo que la ultima vez, te ves lindo.
Vos estás muy bonita, tienes un rostro espectacular. (y es verdad)
- Hazte acá que yo no muerdo.
Bueno, pero espero que ahora sí me muerdas un poco.
- Tal vez jijiji.
(Tan cerca, no ves que me huelo las feromonas de tu antiguo amante, maldito cerebro primitivo, primero me mueves, y ahora me dices: sexo equivocado, abortar misión)
¿Allá a donde vamos hay ducha?
- Sí
(Okay, entonces esto será lo que pasará: Inmediatamente lleguemos, pa'l baño, le voy a pegar una bañadita con estropajo hasta que huela como a mi me gusta, pensamiento acompañado con la mirada de ajedrecista que ha elucubrado el plan perfecto y una sonrisa maleva)
¿Bailamos este reggaeton?
(Nada me salva, el cerebro de serpiente ha machacado mi psiquis, Freud debe estar feliz viendo desde donde esté, que lo más probable es el infierno, como mis fuerzas oscuras me dominan, no hay más que hacer arranquemos o sino mi mente racional tomará el control y sumará este reggaeton de Vaca muerta como la antesala de lo que podría ser tener sexo con una tabla).
¿Vamos?
- Bueno.
**** Esperando el Taxi ****
- Pagame por adelantado...
(What a fuck!!!)
- Perdoname la sinceridad...
(O_____O y la fuerza oscura me dominó)
Okay ya que andamos tan sinceros, la próxima vez, ¡báñate!, he estado haciendo una fuerza infinita para evitar olerte, no me he podido concentrar en nada... 
- Ahh inventando excusas !!! ?? Ya me ibas a hacer conejo. (¿Conejo?)
Vea, pa'l taxi, y vea pa' que no pierda la venida...


Echome a andar, mientras escuchaba como alguién recitaba el urban dictionary en español atrás de mí, Y sentí que coincidía perfectamente con mi cerebro de serpiente y hubo un reencuentro personal trascendental. .


Ovat.


P.D. De pura envidia, porque yo también escribo.

¿Cómo se llama?

La vi entrar en el vagón justo antes de que el metro produjera ese molesto sonido que avisa que está próximo el cerrado de la puerta y pensé con algo de malicia: ¿¡ah! con que sí?, era Lucia y tenía cara de noche de placer, de satisfacción sin medida, de sexo, pudor y lágrimas, tenía cara como de jueves por la noche en un ajetreado itinerario de orgasmos que parecerían no haber tenido fin. Ella había pasado una noche ciertamente placentera -con quien me atrevía a adivinar- había sido una muy grata compañía. Una noche que había disfrutado en gran medida por ese tan prolongado período de abstinencia y celibato al cual había sido sometida por su mamá, una vieja loca que la había internado en un convento porque quería que ella, Lucía, su hija, se hiciera monja. Lucía debatió y forcejeó hasta que un día logró ser expulsada del convento, cuando después de un fin de semana de licencia había ingresado bajo sus hábitos tres dildos que asemejaban a la perfección, los prominentes falos de 3 buenos ejemplares equinos. Su padre la acogió en casa tras el escandaloso acto. Él representaba –por así decirlo- todo lo contrario a su madre, y por motivos claros, terminaron separándose; su madre y él ya no vivían juntos. Cuando la vi entrar al vagón la saludé, hice un ademán como de todo bien con mi dedo pulgar de la mano derecha levantado hacia arriba, y ella me respondió que todo bien mientras hacia el mismo gesto. La conocía desde mi infancia, fuimos muy buenos amigos y nuestra amistad iba y venía, no era algo constante, se daba más bien a períodos intermitentes, pero siempre que volvíamos a hablar era como si el período de ausencia nunca se hubiera dado. Ese día Lucía tenía esa cara fascinantemente pícara que siempre había encontrado tan atractiva, y no era que me gustara, simplemente admiraba su belleza. Me contó que todo iba bien, que luego de dejar el convento había vuelto a nacer, que estaba viviendo con su padre al norte de la ciudad. Cuando me dijo lo del norte me entró la duda y me atreví a preguntarle de manera bastante socarrona: "Hey Lucy -así era como le decía de confianza ¿y qué haces por aquí al sur?". Lucía tenía el cabello mojado, emanaba ese olor a feromonas satisfechas que no siempre es fácil de notar, no llevaba maquillaje, se notaba que se había dado una ducha rápido por su cabello aún húmedo y por el sentido del tren sabía que volvía a casa. Era mala para mentir y no lo intentó porque sabía que yo sabría si ella estaba mintiendo. Así que me dijo mientras inflaba sus cachetes con un montón de aire: "Es que.... Estaba moteliando". Su confesión me provocó una de esas risas intempestivas que salen desde adentro sin avisar, y es que siempre me había encantado esa frescura con que decía sus cosas. Me entusiasmé con la idea y le dije que me alegraba, que se lo merecía, que me parecía muy bien que se diera gusto y me atreví una vez más a lanzar una pregunta que no esperaba que respondiera, pero he de confesar que me sorprendió grandemente, le pregunté: "¿Y eso?, ¿con quién?,¿cómo se llama?"… Y entonces me miró a los ojos y me dijo casi susurrando: "se llama Susana". Fin.

viernes, 5 de agosto de 2011

Mi día sumido en señales




Viene pasando hace varios días que cuando el reloj despertador en la mesa de noche suena para darme la señal de: “despierta” yo ya lo he hecho mucho tiempo antes de que empiece a gritar. A veces, con toda certeza pienso que en mi mundo las cosas suceden al revés. No es mi reloj despertador quien me despierta sino yo, quien despierta al reloj despertador dormilón. Y se ha convertido en algo personal, en una contienda interminable en la que yo soy el único que riñe y cuando mi reloj despertador suena para despertarme –como yo ya estoy levantado- le digo con un denigrante y muy despectivo tono: “¡Jum! Te gané otra vez, vaya viendo si madruga otro poquito”.

Despertar: Comprobar que voy tarde a la cita del DAS –otra vez-, me maldigo por no haber despertado cuando el reloj dio la señal para hacerlo. Y entonces recuerdo que la noche anterior me excedí con el trasnocho, con algunos tragos y con otro cuerpo.

Hago una planeación – a manera de plan de contingencia- buscando en mi cabeza la forma de optimizar el tiempo y eliminar actividades de las que se pueda prescindir –todo esto ocurre en segundos al interior de mi cabeza- el cerebro es una maravilla –una de las pocas y buenas cosas creadas por Dios-.

Hago un cálculo que excede la realidad y se aventura en lo desconocido de la ficción. Pienso aunque no existo. Una vez me monte en el metro cincuenta y ocho minutos me separarán del lugar donde expiden ese certificado judicial de mierda. Cuento con noventa minutos para hacerlo todo, si tan solo…

Trabajando a la máxima potencia y bajo una cábala que excede cualquier indicio previo de mi inteligentica me doy cuenta que si no desayuno, que si me baño lo más rápido posible o mejor aún: que si no me baño, que si no plancho, que si me voy empeloto, que si cojo un taxi una vez llegue a la estación del metro que necesito, tal vez –solo tal vez- podría conseguirlo, llegaría a tiempo, y entonces lo apuesto todo, pongo manos a la obra. Me levanto de la cama como un rayo.

Una corriente fría que viene desde la punta de los pies y sube por mi espina dorsal me hace entrar en razón, me hace caer en la cuenta de que el piso está mojado. Como en mi casa solo vivimos mi mamá y yo, y además sé que ella detesta usar la trapera asumo que es Begonia; la señora que viene a hacer aseo dos veces por semana. Escucho a lo lejos el cierre de una puerta, por el sonido tan particular que produce el gozne y el rechinar del movimiento rotatorio de la susodicha bisagra sé que es la puerta del baño la que acaba de ser cerrada: “¿Por qué será que cuando uno va tarde el universo entero conspira para que todo vaya en contra?”. Y mi plan de cómo llegar en tiempo récord a una cita para la que voy tarde se estropea.

Pasa que voy tarde y como voy tarde me arreglo despacio.
Mamá tarda unos tres infinitos minutos al interior del baño, yo ya he planeado todo y mientras ella salía he alistado la ropa que me voy a poner, he puesto a calentar la arepa para el desayuno –lo sé… He dicho que no iba a desayunar. Lo sé… He dicho que no me iba a vestir pero nunca se sabe qué puede pasar durante del día y es mejor estar preparado. Desde una posición cenital mis movimientos serían dignos de ser comparados con los de flash –ese superhéroe DC Comics-.

Teoría de la relatividad, velocidad de la luz, vacío, constante universal, 299.792.458m/s. Si Einstein me hubiera visto moverme de la manera como me movía, habría constatado todos sus postulados y teorías sobre la velocidad relativa.

Cuando entro en la cabina del baño siento una leve sensación de vapor de agua que capto a través de mis sentidos: mi tacto, mi olfato, mi vista y hasta mi gusto, y entonces infiero que mamá se ha bañado con agua caliente. Atisbo que el indicador del agua caliente está apagado: “¡No puede ser!” mamá ha terminado con toda el agua caliente de reserva en la tina, será preciso bañarme con agua fría, aunque en realidad es un golpe de suerte –azares del destino, ahora obra en mi favor. A eso llamo yo complejidad-, lo sé… He dicho que tampoco iba a bañarme. Nada más contraproducente a la hora de ir tarde que encontrarse con el acogedor y muy estimulante abrazo del agua tibia deslizándose suavemente, si de bañarse en tiempo récord se trata entonces agua fría siempre será la solución que mejor se ajusta a la situación.

Salgo en menos de un minuto del baño, ya van cinco de los noventa minutos de los que dispongo. Cuando salgo de la ducha recuerdo que el chocolate lo dejé montado en el fogón y que la arepa a fuego lento está a punto para ser volteada, dando zancadas de manera intempestiva para llegar en el menor tiempo posible a la cocina soy protagonista de uno de los peores sucesos que pueden pasar cuando se prepara el desayuno, escucho ese sonido que aún sin verlo ya sé que es de un líquido desparramándose por los bordes de una chocolatera que van a parar a la rendija por la que se eyecta el gas que con ayuda de algo de chispas se convierte en fuego, fuego que por el líquido esparcido por los bordes de la chocolatera ahora se encuentra completamente extinguido. Y como sé que el líquido que he dejado en la chocolatera es chocolate antes de que llegue al lugar de los hechos ya sé de antemano que voy a encontrarme: Una estufa sucia, untada de chocolate que va en todas las direcciones. Una situación absoluta y totalmente entrópica.

El poco chocolate que queda al interior de la vasija está tan infinitamente candente –y eso lo sé por las bocanadas de humo que de él exhalan- que puedo aventurar a decir que ya conozco el resultado de lo que puede pasar si lo pongo en contacto con mis labios o lengua antes de que tope con ellos o ella. Todo esto para dar una tentativa respuesta de su valor calórico a nivel de temperatura, y entonces no lo intento, no me arriesgo y ni siquiera me interesa hacerlo. No tengo tiempo para comer arepa, no obstante, me cepillo los dientes como puedo, me visto como puedo, olvido peinarme y ponerme la correa.

Agarro el bolso y miro el reloj. Van ocho minutos y aún tengo un trecho por recorrer hasta llegar a la estación del metro, tomo un taxi, el primero que pasa. Estiro mi mano, no estoy seguro de que sea un taxi pero estiro la mano al ver un vehículo automotor amarillo. Este se detiene unos pasos delante de mi. Ingreso, me siento en la posición del copiloto, saludo al señor taxista con un seco y contundente: “buenos días” el responde de la misma forma y yo le pido que por favor me lleve a la estación del metro lo más rápido que pueda, veo en la guantera del taxi una señal que dice: “Por favor use cinturón de seguridad” y haciendo caso de la señal procedo a ponérmelo. Me gustan los taxis, aunque no tanto sus precios. Me gustan porque con vías despejadas son lo más parecido a viajar en el espacio-tiempo, me gustan –insisto- porque son la manera más real posible de tele-transportarse en el lugar donde vivo.

Cuando llego a la estación, a través del taxímetro y antes de que el señor me cobre ya sé el precio. Y entonces saco un billete y pago la carrera, doy las gracias y comienzo a subir las escalas para ingresar a la estación del metro, normalmente desde allí se puede ver cuando el metro viene en camino. Ya van dieciséis minutos. Justo en el momento en que termino de subir la última escala me encuentro con que el metro ya está en camino a la estación para ingresar a la plataforma, por la experiencia sé que si corro a una velocidad de unos 1.5 metros por segundo podría alcanzarlo y abordarlo, y una vez más ese espíritu competitivo, ese atleta frustrado junto con mi descendencia keniana afloran dentro de mí y explotan en un convulsionado rebose de adrenalina que invade cada milímetro de mi cuerpo y me dispongo a correr como las gacelas de las sabanas Africanas. A juzgar por la manera afanosa de caminar una señora delante de mí, deduzco que también va tarde y entonces al ver que yo paso casi rozándola y con una velocidad apabullante, ella; ensimismada dice para sí: “Si él puede, yo puedo” y entonces ya no soy solo yo corriendo, sino que ella también tras de mí, quien a su vez con su actitud decidida, casi polémica –porque está usando tacones- y sin que sea necesario modular una sola palabra incita a unos cuantos más a hacer lo mismo. Todos piensan igual: “Si ella puede, yo puedo” y entonces somos una estampida humana de gente dispuesta a darlo todo por entrar en ese vagón del metro, si por ese momento ese tren se hubiese percatado de lo que pasaba allí afuera se habría sentido el metro o vagón más codiciado del mundo “métrico”. Una ventaja de tener la tarjeta cívica con saldo es que no tienes que esperar a comprar un viaje para poder pasar por el torniquete, un gusto que la estampida humana tras de mí no puede darse, y una señal a manera de sonido aguda y bastante diciente acompañada de otra en forma visual de color verde en forma de flecha me indican que puedo pasar, que ha sido debitado el valor del pasaje y que tengo derecho a acceder al sistema de transporte masivo de la ciudad caótica en la que vivo –el metro, sin duda una de las maravillas del mundo moderno-.

Pero aún no termina la odisea, pues al pasar el torniquete sé que la parte más importante de la misión comienza. Esa misión por la que mi pulso ha venido en ascenso y me hace sentir lleno de vida, subo las escalas con toda precisión, de dos en dos, y algunas de tres en diez. Cuando termino de subir la última una señal sonora acompañada de una luz roja en la parte superior de la puerta me indica que faltan exactamente cinco segundos para que se cierre y entonces pienso que si hice todo eso y no logro montarme en ese vagón seré considerado el más estúpido del mundo y digo: “¡Ah! que más da, O lo hago… o muero en el intento, pero ese metro sin mí no se va” y saco fuerzas de donde ya no me quedan para dar los últimos saltos e ingresar en el vagón justo en el momento en que la puerta se cierra. Una de las cargaderas del bolso que llevo cuelga algunos centímetros y se queda atrancada en la puerta del metro. La cargadera ante el ojo meticuloso de seguridad de los sistemas en las puertas del metro pasa desapercibida –cosa contraria a la que pasa cuando son manos o zapatos los que quedan allí atascados, esta se abre de inmediato- así que viajo hasta la próxima estación de pie simulando que nada pasa, con mirada de alguien seguro y con cara de alguien que sabe lo que hace. Todos los allí presentes me observan con cara de desconcierto y a mi me causa gracia la situación y ellos piensan que estoy loco, pero lo que no saben es que tienen toda la razón. A fin de cortar las miradas de la gente que juzga, una vez llego a la siguiente estación cambio de vagón para hacer como borrón y cuenta nueva donde nadie sabe de dónde vengo, ni para dónde voy y viajo tranquilo esperando mi estación de destino.

El viaje pasa sin sobresaltos, una continua serie de pitidos indican que la puerta está a punto de cerrarse en cada una de las estaciones, al igual que una voz de una mujer en edad joven indica el nombre de cada una de las estaciones que siguen a lo largo del trayecto.

Una vez llego a mi estación, bajo las escalas. Van sesenta minutos, estoy tranquilo porque sé que quince minutos son más que suficientes para llegar al lugar donde tengo asignada la cita y más aún considero que si me voy en bus podría lograrlo sin ningún problema, llego a la parada del bus y procedo a esperarlo pero cuando estoy en el proceso veo que pasa el tiempo y los quince minutos con los que contaba ahora se tornan en trece, doce, once y aún no pasa.

En esas, un taxi para y de manera cortés le digo que no, que gracias. La verdad es que el bus es mi única opción, me he dejado los billetes para el pago del taxi en la mesa del comedor de mi casa junto al chocolate caliente que para este momento ya no debe estarlo, además dispongo apenas con el cambio necesario para tomar el bus de ida y vuelta y comprar mi viaje del metro para el retorno a casa, así que el taxi es un lujo que no puedo darme. Pero el señor insiste y me pregunta que para dónde voy, yo le digo que para el colegio San Carlos – era mi punto de referencia- el me dice que me monte, la verdad que como voy tan tarde y la opción se me presenta me digo que sí, que no hay problema. Cuando uno va tarde las cosas que le pasan al mundo como que lo secuestran o le roban en un taxi pierden fuerza y casi que se vuelven invisibles, además esas cosas son mitos.

Al ingresar al taxi me siento en el asiento del copiloto, procedo de igual manera con el cinturón –la señal en la guantera- y observo que una muchacha está sentada en la parte de atrás, saludo con buenos días, unas cuadras más adelante, el taxista hace una parada, esta vez es una señora de edad y le pregunta lo mismo que me preguntó a mí unas cuadras atrás. La señora se entusiasma con la idea, al escuchar que el cobro será el mismo valor del bus pero que viajará más cómoda al ser éste un taxi. Y finalmente unas cuadras más arriba, hace una última parada donde se monta un señor de edad que lo saluda de una manera muy efusiva, algo que percibo en el tono de voz y lo que me hace deducir que es alguien conocido o es que un cliente frecuente. Y entonces me doy cuenta que hay ciertos taxis que trabajan bajo la modalidad de colectivos.

Al bajarme del taxi, compruebo que aún tengo dos minutos y que no han mandado a llamar la gente que corresponde a mi turno, así que espero tranquilo mientras se da, mientras pienso en que cuando todo termine podré ir a esperar el bus de vuelta para retornar al metro que me conduce a futuro también conocido como mi casa.

lunes, 20 de junio de 2011

Ovat


El primer golpe fue directo a la cara, ¿Qué demonios está pasando acá? Pregunto Ovat, un poco confundido, mientras su mandíbula chocaba estrepitosamente contra el piso de granito del lugar, sintió el raspón y vio la sangre que quedaba mezclada con la arena del piso y las hormigas que pasaban por ahí, ¿Por qué justo en ese momento pasan los sabios por donde los necios andan en una lucha sin sentido?, entonces logro mirar al cielo un gusto particular que había tomado de no se donde, tal vez, de aquel maestro zen que proponía que una buena vida es ir como van las nubes, dejándose llevar por el viento y permitiéndose volar sin ataduras. O tal vez porque todos los avatar Indues venían de allí, o tal vez por escucharlo cien mil veces cuando le obligaban ir a misa, okay algo bueno debe tener el cielo se dijo...

Pero esta vez el cielo era apocado por un gordo de media tonelada (Bueno exagero un poco) que ponía una patada en todo su costado, y lo hacia sobar el piso una vez más a 2 metros de la primera ubicación, en dicho lugar ya no habían hormigas, "Okay no todo es malo se dijo para sí" y trato de levantarse, el dolor no se pudo evitar y eso le dio una ira gigantesca, y clavó un puntapié en la entrepierna del gordo, es una manera infalible de salir de un tipo grande. Luego de doblado le asesto un golpe de locura en todo el centro del craneo, para romperse un nudillo...

Normalmente Ovat imaginaba esto con alguien que realmente odiaba a quien solía matar, ha de ser por la naturaleza extraña del hombre o por algún sexto sentido, pero las personas que morían desastrozamente en la mañana dejaron de ser estoposas y altaneras, debieron ser las imaginaciones o tal vez la forma en que Ovat los seguía mirando cuando se los encontraba, era una bonita manera de empezar el día, teniendo en cuenta que despertarse con café es menos natural que despertarse usando la programación neurolinguistica y debido a que últimamente no le daba resultado lo de la montaña rusa venia probando nuevas ideas, nuevas imaginaciones...

Tavo (It's just the begining...)